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domingo, 18 de septiembre de 2011

El vacío en la palabra: Te llamo

El vacío en la palabra: Te llamo
Cuando nos encontramos con alguien, es muy popular despedirse con una conocida frase: ¡Te llamo! De seguro, esa persona podría esperar por años sin recibir esa llamada. Nos comprometemos a hacer algo simple que en realidad nos cuesta cumplir o no deseamos efectuar.  Lo cierto es que sin querer queriendo como dice el chavo, prometemos lo que no vamos a hacer y esto con cierta práctica se hace un vicio. Probablemente  estemos prometiendo a Dios muchas cosas y a nosotros mismos, como ir tras un sueño, bajar de peso para una mejor salud, ser más tolerantes, más amorosos, menos celosos, dar más calidad de tiempo a nuestros hijos, sabiendo en nuestro corazón que no vamos a cumplirlas. No estamos ejercitados para hacerlo, nos cuesta. Si en algo tan sencillo como devolver una llamada, evitamos hacerlo, comprometerse a una meta debe formar una figura fantasmagórica en el cerebro de muchas personas.
La frase, se propaga como un virus a las empresas, por ejemplo, para  aquellas que te ofrecen un empleo. Luego que te entrevistan te dicen seriamente: Le llamamos o espere nuestra llamada.
La pregunta que siempre me he hecho es: Porque no llaman?
Que lleva a estas personas a comprometerse a algo que no van a cumplir?
Se de algunas empresas serias, que son pocas en este aspecto, llaman al postulante de un trabajo a agradecerle por sus servicios, cuando este no va a ser tomado en el puesto. Son aquellas que sienten respeto por la persona y por si mismos. Ellos toman en cuenta que ese postulante gastó sus pasajes, su tiempo en esperar, hacer colas, dar un examen, invirtió su poco dinero en imprimir un curriculum, gastar en un menú etc. Creo que hay que ponerse más en los zapatos de las personas.
Por alguna razón nos hemos criado de esa manera muchos de nosotros, prometiendo cosas a diestra y siniestra, incumpliendo con nuestra palabra una y otra vez. La palabra te llamo, no parece pesar en lo absoluto, ya no tiene valor, tiene vacuidad, suena indiferente. Quizá sea la manera que hemos encontrado de despedirnos de alguien, en el sentido más vacío de la comunicación y de las relaciones sociales.
Nunca imaginé que la frase cruzara nuestras fronteras. Una vez leí a un Belga que observaba el mismo tema y decía:
¡Si los peruanos no tienen palabra para devolver una llamada, que es lo más sencillo de hacer en la vida, que palabra van a respetar para hacer un negocio o para no cambiar las condiciones de este. Uffff, me dio  vergüenza escuchar algo así.
Reflexionemos en cuantas cosas decimos y no cumplimos. Es hora de darnos cuenta que le quitamos validez a nuestra propia palabra, nuestra esencia.
Practiquemos en ir abandonando este tipo de actitud hacia las personas. Dejemos de prometer a la ligera y de seguro que todos iremos aprendiendo a confiar más en las personas y en el poder que tiene su palabra.
Sin duda alguna nuestro país avanza, con ese gran motor que somos cada peruano, que luchamos por ser mejores cada día.

                                                                                                   

jueves, 15 de septiembre de 2011

Es el placer, una forma de sufrimiento?

Parece una locura pensar que el placer pueda traer algún tipo de sufrimiento. Sentimos placer cuando se satisface alguna necesidad, sin embargo, si no lo hacemos, ese placer no satisfecho, es probable que se convierta en sufrimiento. Aún así, cuando este es satisfecho tras una larga espera, no me cabe duda que se generó en ese trayecto algún tipo de sufrimiento.
Para comprenderlo mejor, veamos como se forma el placer, de donde viene este y como se materializa en nuestras vidas.
Cuando veo un auto hermoso como un Mercedes Benz, lo miro, lo toco, lo siento, lo huelo, luego viene el deseo de poseerlo. Hasta allí bien.
El problema empieza cuando interviene el pensamiento sobre el deseo y lo convierte en placer. Empezamos a decir: ¡Que hermoso es el auto! ¡Qué debo hacer para tenerlo! ¡Qué metas debo imponerme para que sea mío! Reflexionemos en esos pensamientos que nos dan vueltas y vueltas en la cabeza, sobre todo lo que deseamos.
Observamos una playa hermosa con bellas casas y decimos: ¡Que lindo!, ¡Que aire tan fresco!, ¡Cuantas aves en la orilla!, quedamos hipnotizados por el hermoso mar azul. Luego el pensamiento interviene y nuestra mente empieza a decir: ¡Ojalá tuviera esa casa de playa!, pero en realidad no puedo poseerla aún. ¡Quiero vivir en la playa! ¡Me lo merezco! y todo tipo de pensamientos que hace que nuestra mente se distraiga de lo natural y comience a entrar en una serie de conflictos, buscando la manera de cómo poseer lo que no poseemos.
El pensar continuamente en lo que deseamos, se convierte en placer. Decimos cosas como: ¡Quiero darme el placer de tener esto o aquello. Como nuestros deseos, no se convierten de la noche a la mañana en realidad, deviene en sufrimiento, frustración. Lo cierto es que si algún día logramos tener todo eso, el pensamiento seguirá interviniendo en casi todos nuestros nuevos deseos, produciendo una desazón en nuestras vidas.
Podemos lograr que nuestro pensamiento no toque nuestros deseos?
Cuando vemos algo hermoso, evitemos que nuestro pensamiento intervenga y disfrutemos buenos momentos viendo algo tal cual es, sin desearlo, sin compararlo, sin juzgarlo. Si el pensamiento lo toca, lo podría degenerar en placer y más placer de tenerlo. Lo que no puede ser nuestro por algún motivo, genera un conflicto interior.
Siempre hemos escuchado que aferrarnos a lo material, no es bueno. Tampoco es malo. Con esto no quiero decir que no luchemos por nuestros sueños, pues luchar por ellos, nos hace sentir dignos. Mi opinión personal, es que no permitamos que el pensamiento toque nuestros deseos en todo momento y los convierta en placer, porque es allí donde empieza el sufrimiento, es allí donde nos apartamos de lo que es, lo natural, lo que está allí, de toda la naturaleza de Dios.