lunes, 6 de mayo de 2013

1er capítulo Cuento Lulita la estrella marina

Con mucho cariño para el mundo entero. 
Para niños de 6 a 12 años en español e inglés.  

Lulita
¡Qué frío sentí al nacer, en las azules y frías aguas del mar! La vista en los alrededores era maravillosa y algo extraña. Yo estaba rodeada de peces, piedras, cangrejos, erizos y caraco­les. Mis padres estaban muy cerca, siempre contemplándome con una sonrisa; eran jóvenes y apuestos. No dejaban de sonreír cada vez que me miraban, como si yo perteneciera a otro mundo. Pero claro, estaba en mi hogar: los ricos y abundantes mares del Perú.
Llegué al mundo cerca de los arrecifes. El ambiente me parecía muy cordial. “¡Lulita, Lu­lita!”, no dejaban de repetir mis papás, mientras me acariciaban una y otra vez. Se les veía muy felices, tanto que parecían haber perdido el juicio. Los amigos de mis papás entraban a nuestro hogar a visitarme. ¡Era sensacional! 
Cuento Lulita la estrella marina
—Es tan hermosa, pequeña y delicada —escuchaba que le decían a mi madre, mientras la abrazaban.
“¿Será difícil traer al mundo un ser como yo?”, pensaba. “¿Será por eso que la felicitan tan­to?”. Yo era muy hermosa, en verdad.
Mi papá entraba y salía de nuestro hogar, vociferando:
—¡Entren! ¡Entren a la casa! ¡Conozcan lo linda que es mi hijita, Lulita, la estrella!
Por aquellos días pasaba largo rato observando mi cuerpo, que era diferente del de otros seres marinos. No tengo aletas como la mayoría de los habitantes de aquí; mis papás me habían he­cho igual a ellos y a todas las estrellas marinas. Soy pequeña y de un fuerte color anaranjado. Mi áspero cuerpo es algo redondo, con cinco fuertes brazos con pequeños orificios —mis vento­sas— que me sirven para trepar y adherirme a las rocas sin ser arrastrada por la corriente.
Al cabo de unos días, mis papás me llevaron por los alrededores, a trepar rocas grandes y pequeñas rodeadas de arena blanca. Vimos peces de colores, erizos, cangrejos e infinitas va­riedades de seres cuyos nombres apenas logré recordar. Aún no podía moverme bien entre las piedras: eran muy duras para mis delicadas ventosas, que no estaban acostumbradas a superficies tan ásperas e irregulares. A menudo mis padres y sus amigos me contaban peli­grosas aventuras que habían enfrentado con grandes animales que habitan en las cercanías y que podían hacernos daño, por lo que me pedían que no me alejara mucho de ellos.
Una vez, mientras paseábamos, mi papá se distrajo y me escondí velozmente detrás de una piedra. Él comenzó a buscarme desesperado gritando mi nombre. Lo vi tan asustado que salí a su encuentro. Él me abrazó entre sus corpulentos brazos y derramó una lágrima sobre mi rostro. Era extraño, porque sonreía mientras parecía llorar al mismo tiempo.
—Me asusté, hijita, pensé que te habías perdido —me susurró al oído, mientras me apreta­ba contra su cuerpo. Él es tan fuerte que me siento protegida a su lado. Todos por aquí lo respetan muchísimo.
Cuando regresamos, mi mamá nos esperaba con la comida lista, que yo disfrutaba con gran apetito. “¡Qué bueno es tenerlos a mi lado!”, me repetía en todo momento, mientras los veía esmerarse día a día para que yo comiera bien y viviera feliz. Por las noches, mi papá me abrazaba y nos sentábamos juntos en su gran sillón de mármol. Yo aprovechaba para echar una siesta en sus brazos, mientras él me acariciaba. Él es tan imponente como el rey de todas las estrellas marinas, y yo era su princesa.
Alrededor de nuestro hogar hay muchas algas que le dan un aspecto encantador, como unas cortinas, solo que estas salen de las rocas y flotan hacia la superficie del mar. Se mueven len­tamente, como si bailaran al ritmo de las corrientes marinas que pasan por allí. Realmente cautivador.
Por las noches, el mar parece enfriar más, por eso mi habitación está al fondo de nuestra casa, donde hay arena cálida. Cuando me acostaba, daba vueltas en mi cama de concha ma­rina antes de quedarme dormida, entonces mamá entraba a cubrir a Lucero, un pez de esos que tienen luz propia y que alumbraba toda mi habitación. Recuerdo cuando papá conven­ció a Lucero de que se quedara en casa. Le dijo que, si hubiese luz en mi cuarto, yo ya no tendría miedo de dormir sola. Aún no tenía un hermanito que me acompañase. Gracias a Lucero, en mi habitación parecía ser siempre de día.
Cuando crecí un poco más, mis papás salían a menudo fuera de casa, mientras yo jugaba sola sin alejarme demasiado. Iba de un lado a otro, investigando y trepando por las rocas más altas para poder ver todo desde allí. Mi vista no alcanzaba a divisar la inmensidad del mar, tan vasto como el cielo que estaba sobre nosotros. Las aves parecen nadar como los peces, pero a través del aire. ¡Muy peculiar! Los peces les temen, y con razón, porque las gaviotas se lanzan al agua y los atrapan sin remedio.
Algunas estrellas marinas jugaban cerca de casa, pero no me daban importancia; yo tampoco me atreví a acercarme. Creo que tenía algo de temor, quizás era miedo a que se burlasen de mí. “¿Pero de qué?”, me pregunto ahora. Ideas tontas que se me venían a la cabeza. En una ocasión en que estaba sola, una estrella que jugaba cerca me miró y se empezó a reír junto a otras que la acompañaban. No entendí por qué, pero me dejaron una sensación muy distinta de la que sentí el día en que nací. Nadie se había burlado de mí antes. Estuve muy confundida: pensé que tal vez yo no era igual a ellas, o quizás, al crecer, había ido perdiendo mi belleza.
Cuando dejé de ser una niña, mis padres me mandaron a la escuela. Hice algunos amigos. Allí conocí a Orli del Pozo. Lo llamaban así porque vivía en una especie de grieta que hacía honor a su apelativo: realmente de temer. Orli es un pez pintadilla de color plata y anaran­jado. Él conocía muy bien los alrededores y me llevaba de un lugar a otro. Incluso una vez lo acompañé a conocer su casa, pero aquel profundo orificio era el más feo de los lugares.
Sentí miedo y no me atreví a entrar. Él se refugiaba muy bien en la oscuridad, sin compañía. Por algún motivo, sus padres se fueron de casa y él vivía a su entera libertad. Nunca olvidaré que eso parecía hacerlo feliz, aunque en realidad creo que echaba de menos a su familia.
Orli me presentó a otras estrellas marinas: Miguel y Shana. Miguel es muy apuesto; apenas lo conocí me sonrojé. Es como el príncipe de las estrellas marinas. No podía dejar de mi­rarlo, por más que quería evitarlo. Me desesperé tanto al saludarlo, que al decirle mi nombre tartamudeé y me sentí la estrella más tonta del mundo. ¡Qué vergüenza!
Nos hicimos muy amigos, y desde ese momento empezamos a salir juntos todos los días. Después de clases, Miguel y Olri pasaban largo rato jugando con una pelota. Realmente no me interesaba mucho el juego, pero aprendí a patearla una y otra vez con la ilusión de agra­darle. Él, sin embargo, lo único que miraba era su pelota: su mundo parecía ser la pelota y yo me sentía peor que la pelota. Shana, que era la mejor amiga de Miguel, lo conocía muy bien. Yo le preguntaba de todo sobre él, intentando no llamar mucho la atención.
Un día se me ocurrió una idea. Conseguí un par de bellos aretes de perlas de concha marina que mi mamá guardaba para ocasiones muy especiales. Me los coloqué para verme hermo­sa y atraer su curiosidad. Aquella tarde nos juntamos todos, como siempre después de la escuela. Esperé muy nerviosa a que Miguel se diese cuenta de mi cambio, pero él se acercó donde Shana, que estaba sentada a mi lado, y le dijo:
—¿Puedo acompañarte a tu casa?
Ella, sonriente, le respondió:
—¿Por qué no?
Luego se fueron diciendo:
—Chau Lulita.
El alma se me cayó a pedazos por el desconsuelo. Yo parecía no existir para él. Salí corrien­do hacia mi casa, llorando y buscando a mi mamá, pero no la encontré. Para ese entonces mamá y papá acostumbraban dejarme sola más tiempo que antes. Me saqué los aretes de perlas de mis orejas y juré no volvérmelos a poner nunca más. Estuve en mi cuarto largo tiempo, muy triste, preguntándome: “¿Por qué no me mira? ¿Acaso existe algo malo en mí?”.
Aquella noche mis papás llegaron tarde, como siempre. Cuando los saludé e intenté hablar con ellos, me dijeron que estaban cansados. Una vez más no pude contarles lo que me suce­día. Desde aquella noche, empecé a conversar con mi diario y a escribir en él mis tristezas. Estuve mirándome largo rato en el espejo del agua, buscando la falla en mí. “¿Se me verá poco atractiva? ¿O quizás a nadie le importo?”, me repetía.
A partir de entonces, empecé a notar que ya no era importante, valiosa y bella como antes. Empecé a verme, fea y tonta. De pequeña fui el centro de atención, pero ya no era así. No lograba atraer una mirada, ni siquiera la curiosidad de mis padres por saber qué me ocurría. No quería ver a ninguno de mis amigos y busqué aislarme de todos. Conozco una roca cer­ca de mi casa que es mi favorita. Me senté allí largo rato, mirando el cielo nocturno, hasta que recuperé la tranquilidad. A partir de aquella vez, comencé a pasar horas mirando el firmamento, queriendo entender lo que me sucedía.
Observando noche a noche el cielo, descubrí que hay cientos de estrellas celestiales que flotan en el aire. Se parecen mucho a las estrellas marinas, solo que ellas tienen luz propia y son realmente hermosas. Noté también que, a diferencia de nosotras, ellas se mueven sin separarse. Mi vida era distinta, pues mis padres se habían ido alejando de mí. Ellos se despedían cada mañana y se marchaban. Parecía no agradarles dejarme sola, pero de todos modos lo hacían, diciéndome que no podían descuidar sus actividades; luego me repetían que yo era la razón de sus vidas.
Cuento Lulita la estrella marina
Una mañana les pregunté por qué tenían que hacer todos los días lo que no les gustaba. Recuerdo claramente lo que mi mamá respondió:
—Lo siento mucho, Lulita, es la ley de la vida y debemos serle fieles. Sé paciente con no­sotros, hijita.
Yo no entendía quién era la vida ni por qué pone reglas tontas de este tipo.
Noche a noche continué viendo las estrellas del firmamento. Cuando el cielo se llenaba de nubes, noté que las estrellas desaparecían de mi vista, pero cuando el viento soplaba y se las llevaba, seguían allí, siempre juntas. Sin despegar la vista de ellas, pensé: “Si brillara como una estrella celestial, sería hermosa y nadie se alejaría más de mí. ¿Será la única forma de atraer la atención?”. Pero… ¿como lo lograría? ¿Como llegaré a los cielos si no se volar?
Al contarle mi idea a Orli, mencionó que lejos de casa había una enorme roca que parecía tocar los cielos: la Peña de las Morenas. Sabía que era peligroso acercárseles, pues ellas son muy agresivas, pero quizás ocultándome podría llegar a aquella roca y de allí a los cielos. Debía planear bien mi aventura, por lo que continué varios días visitando mi roquita.
Una noche, Shana, Miguel y un amigo más que estaban cerca, me dijeron:
—Lulita, te hemos estado mirando y quisiéramos que nos digas: ¿por qué te pones a obser­var el cielo por las noches? ¿Acaso quieres ser una estrella celestial?
Se rieron todos a la vez, lo que me puso furiosa. Traté de explicarles que mirar el cielo por las noches era emocionante. No lo entendieron y se marcharon burlándose. En ese mo­mento decidí partir; aunque la sola idea de irme por lugares desconocidos me daba mucho temor, aunque era mejor enfrentar a las morenas que quedarme sufriendo.
Solo le comenté mi idea a Orli, pues debía ser un secreto. Averigüé más sobre aquella roca y escuché que solo alguien sin juicio se arriesgaría a ir. Yo haría el intento, de todos modos. “La luna llena que iluminará mi camino vendrá pronto y partiré”, me dije, dándome ánimos.
Al fin llegó la luna de mi aventura, el momento apropiado para emprender mi viaje. Era tarde y mis padres dormían profundamente. Me acerqué y los contemplé, recordando ma­ravillosos momentos. Con la voz quebrada y muy bajita, para no despertarlos, les susurré al oído lo mucho que los amo.

Cuento Lulita la estrella marina

Acaricié suavemente a mi papitos. El cuerpo me temblaba y me invadían las ganas de abrazarlos y besarlos. Tomé aire y limpié mis lágrimas. Sigilosamente salí de allí a emprender mi largo camino al cielo, para dejar de ser una estrella común. Sabía en mi corazón que pronto estaría junto a otras estrellas en el firmamento y obtendría mi luz, para luego regresar a mi casa más bella. Al fin sería importante.

Apenas es el 1er capítulo!!! Te quedarás con las ganas?





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Oscar Prieto Ramírez
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