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viernes, 13 de enero de 2012

Mía regresa a casa.

María Pía es una niña que vive con sus papás. Cuando termina de jugar con sus muñecas a ella no le gusta guardarlas. Entonces una noche su mamá le pidió:
¡María Pía! Por favor guarda tus muñecas.
No puedo, respondió ella con voz torturada como si hubiese corrido la ciudad entera.
¡Entonces las echaré a la basura! Quizá una niña pobre quiera jugar con ellas y cuidarlas. Le advirtió su mamá.
Tras una larga pausa respondió:
Sí mamá, bótalas a la basura. Yo no las voy a guardar.

La niña creyó que su mamita no lo haría.
María Pía y su muñeca Mía
Entonces su mamá Lulu, cogió una bolsa gigante y empezó a meter la primera de las diez muñecas que yacían en el piso.
“Se las llevará el basurero” le advirtió nuevamente.

Ella no quiso escuchar, menos obedecer. Se quedó mirando como sus muñecas se iban dentro de la bolsa.
Su padre sentado en el sillón, vio alarmado que Mía, la mejor amiga y muñeca de María Pía, terminaría en la basura con las demás. El papá pensó:
 ¡Esa muñeca tiene vida! No debe llevársela el basurero.
Mía es una sencilla y pequeña muñeca de trapo con trenzas y vestido rosado. Acompañó a María Pía desde que era una bebé. Su mamama o abuela Chabela se la regaló. Desde entonces María Pía y Mía toman el té juntas, conversan, juegan y hasta duermen la siesta. Es como tener una hermanita especial, pues Mía hace de todo para divertir  a su mejor amiga.
Entonces la mamá recogió del piso a Mía para meterla dentro de la bolsa.

María Pía algo confundida comentó:
Mamá, Mía se queda conmigo. No la botes. La cogió fuertemente entre sus brazos. Sin embargo, a los pocos segundos, por alguna razón, cambió de opinión y muy desafiante ordenó:
Sabes mamá, a Mía también bótala.
Sus papás no podían creer que su hija echara a la calle a su mejor muñeca.
Con mucha tristeza y confusión se cerró la bolsa, abrieron la puerta de la casa y la dejaron fuera.
A los pocos días, María Pía empezó a soñar con Mía. Se despertaba noche a noche extrañando a su buena amiga.
Un día, se acercó a su papi y le preguntó:
¿Vamos a jugar papito?
Trae tus muñecas reina, le pidió él.
Papá, ya no tengo muñecas, respondió ella algo confundida.
¡Verdad! Aseguró él.  ¡Lástima! Tú echaste tus muñecas a la basura ¿Recuerdas?
Ella sin mover un ojo, se quedó pensando en lo que hizo. Extrañaba mucho a sus muñecas y en especial a Mía. Se sentía muy mal el haberlas dejado en la calle y solo por flojera de no querer guardarlas.
Pasó el tiempo y María Pía volvió a preguntar por Mía. Su papá le explicó nuevamente que se la había llevado el basurero a su casa.
Sus padres no sabían que hacer al ver triste a su pequeña. Sentían mucha pena. Una noche le preguntaron:
¿Recuerdas que tú misma echaste a tu muñeca?
Sí, respondió ella con mirada triste.
Ahora la tiene el señor sórdido.
¿Quién es el señor sórdido? Preguntó intrigada.
Él Sr. Sórdido es un recolector de basura.  Es un viejo sucio y huele muy mal. Va por las calles revisando bolsas con desperdicios que la gente ya no quiere. Él saca cualquier cosa que pueda vender o que pueda necesitar, explicó el papá. Aquel hombre, camina por la ciudad de Lima bajo el sol y la luna. Lleva un cochino saco de cuadros que no se lo quita jamás. Él es tan avaro que no gasta dinero en una bolsa de té. El Sr. Sórdido encontró a Mía por la noche y desde entonces, la lleva por las calles a recoger botellas de plástico para venderlas. Ella ahora trabaja todos los días, recolectando con él lo que nadie quiere.
¿A Mía le gusta buscar botellas con el Sr. Sórdido? Preguntó intrigada la niña.
No lo creo. Trabaja todo el tiempo. No ve televisión y no puede salir al parque a jugar. 

Ahora el Sr. Sórdido es su dueño de Mía, pues él se la encontró  en una bolsa de basura y lo que recoge de allí le pertenece.
María Pía continuó triste. No tenía con quién jugar. La muñeca le hacía mucha falta. Sus padres muy preocupados, buscaban la forma de solucionar el problema.
Una noche de luna a pocos meses de la navidad, sus papás le explicaron a María Pía que Dios hace milagros. Solo hay que pedirle noche a noche.  ¡Dios escucha mucho a los niños! Terminó de decir su mamá.
 ¡Hay que pedirle que Mía regrese! explicaron a su hija. Quizá Dios la encuentre y la traiga de regreso  en la noche buena.
María Pía aceptó rezar todas las noches por más de un mes. Entonces, sucedió lo inesperado.
Dios al escuchar tantas veces el pedido, mandó a llamar a Papá Noél o Santa Claus. Él, le pidió un favor muy especial.

“Quiero que consigas una muñeca”
¿Cómo es ella? Preguntó papa Noel sonriente.
Dios levantó la palma de su mano y resplandeció una fuerte luz, la que luego se apagó. En un segundo, apareció en sus manos la foto de Mía.
Papa Noel cogió la fotografía y la miró fijamente. Dio un fuerte respiro y subió a su trineo. Luego se marchó por los aires. Volando entre las nubes, vio una vieja casa que arroja humo de su chimenea. ¡Esa debe ser la casa que busco! se dijo entre dientes. Ordenó a sus renos bajar de inmediato y pronto estuvo frente a la vivienda.

Pom, pom, pom, pom, tocó Papa Noél con mucha fuerza la vieja puerta de madera. 
¡Abre! Gritó desde dentro una gruesa y fuerte voz.
Se abrió esta con un fuerte crujido, típico de una vieja puerta de madera a  la que le falta aceite en sus bisagras.
¡Pase! ¡Entre ya!  Gritó el Sr. Sórdido.
Papa Noél vio que una muñeca le abrió la puerta. Él la miró fijamente. En seguida sacó de su bolsillo la foto que Dios le dio. Santa la observó por un momento, dibujando una larga sonrisa en sus rojizos labios. Sin duda era la que buscaba.
Luego, dio un paso hacia dentro, rechinando la agrietada madera del piso, sonando tan fuerte, que algunos ratones que yacían por allí, corrieron a  ocultarse en sus madrigueras.
Había cosas viejas por todo el sucio piso, como plásticos, botellas, papel viejo y cartones. La casa además tiene mucho polvo y bichos. ¡Arañas! ni que decir, de la cantidad que se podían ver.
Dentro de todo eso, inmerso en el medio de la suciedad y basura, había un hombre sentado de espaldas, descansando en un viejo sillón a rayas de color rojo y verde. El hombre no se mueve, no habla y el silencio de la casa fue total. Solo se escucha el estallido de la leña al quemarse contra el fuego de la chimenea.
 Santa volvió la mirada a Mía. La pobre estaba muy sucia. Su rosado vestido había envejecido y poco faltaba para romperse completamente.
Sórdido gritó:
¡Leña! ¡Trae leña niña! Mía corre de inmediato hacia un grupo de maderos apilados junto a la chimenea. Cogió un pesado leño y lo arrojó al fuego de la chimenea con todas sus fuerzas.  A Sórdido no parecía interesarle la presencia de Santa. Hasta ese momento, ni siquiera se volteó para mirarle.

¡Buen día tenga usted Sr. Sórdido! Saludó Santa, dando unos pasos hacia adentro.
Que tiene el día de bueno. ¡Debo trabajar! respondió algo molesto. Ya quisiera estar en su lugar, pues usted solo trabaja en navidad, expresó burlonamente Sórdido.
Santa rió fuertemente a carcajadas por un rato, hasta que dijo señalando los cielos:
Bueno ¡Al grano! Vengo por un motivo muy especial.
¿Ah sí? ¿Acaso cenarán conmigo en la noche buena? O ¿Quizá me regalen un jugoso pavo? Preguntó sórdido riendo sin levantarse de su sucio sillón. De repente gritó a Mía.
¡Trae agua para el invitado! ¡Rápido niña tonta!
Ella cogió un vaso de vidrio y lo llenó de agua.  Caminó muy rápido y se tropezó con una vieja lata de sardinas que yacía en el mugriento piso de madera.  El vaso se quebró en varios pedazos.
¡Niña torpe! ¡No sé para qué te traje!, vociferó. Ve a limpiar antes que me corte un pie.
¿Limpiar? Si al parecer en esta casa no existe una escoba, afirmó Papá Noél en tono burlón, mientras empujaba  suevamente con sus negras botas un ratón que comía relajado un pedazo de pan.
Bueno Sr. Tonel ¿Qué busca usted en mi humilde hogar? Preguntó algo enfadado el Sr. Sórdido.
Busco llevarme a esta muñeca, respondió. De la impresión Mía dio un paso hacia atrás o dos hasta caerse de espaldas.
Jajajaa arrancó en risas el basurero. ¡Qué niña tan torpe! Al menos me hace reír de vez en cuando. Luego su cara cambió a la de perro rabioso y continuó:
Usted sí que está chiflado Sr. Papá Tonel, perdón Noél.  Esa niña me pertenece. Yo la encontré en la calle y ahora ella me ayuda con todas las tareas. Yo le enseño y ella aprende. Pronto me haré más viejo y necesito alguien que trabaje por mí.
Sr Sórdido, me temo que arruinaré sus planes, pues vengo de parte de Dios.  Hay una pequeña que extraña su muñeca y reza todos los días con sus papás. Mi señor ha decidido regresarla a casa.
Pero, ¿Qué clase de niña bota su muñeca a la basura? Preguntó sórdido muy alterado.
Una que ya aprendió la lección y merece una oportunidad. Todos merecemos una cuando nos equivocamos, sí señor. Así que no tiene usted mucho que replicar  y deberá entregármela, amenazó Papá Noél sacándose la gorra de la cabeza.
Le aconsejo que acepte. Si usted se niega al pedido, mi señor el que está en los cielos celestiales, explicó señalando hacia arriba, se molestará, ya que usted impedirá un milagro de navidad.
Ustedes sí que saben molestar a un pobre viejo como yo.
¿Pobre viejo? Pobre es esa muñeca que tiene que trabajar y vivir junto a tanta basura Sr. Sórdido.
Bueno ya cierre la boca que me marea  Sr. Tonel. ¿Qué me dará usted a cambio? Es bueno para pedir, pero para dar…….
Le daré un jabón, una pasta dental y una navaja de afeitar a ver si quita esa sucia barba. Pronto saldrá un murciélago de allí y de su boca una cucaracha.
Sórdido que seguía sentado frente a su chimenea vociferó de pronto, tan fuerte que la casa parecía caerse.
¡Leña! ¡Trae más leña!, ¿No ves que hace frío? Mía corrió a buscar madera.
Papá Noel hizo una seña a Mía para que le siguiese, así que ella se acercó a él.
Vamos hijita, le ordenó con una gran sonrisa. Te regresaré a casa mañana en la noche buena.

Mía con lágrimas en sus ojos, abrazó una de las gruesas botas del navideño hombre y salieron por fin de la casa.
Al amanecer del día de navidad, María Pía se levantó muy temprano, diciendo:
¡Papá! ¡Mamá!  Vamos a ver los regalos. Vamos a ver si está Mía. Bajaron todos corriendo a la sala. El árbol de navidad estaba aún con sus luces prendidas. María Pía miró a todos lados y la muñeca no estaba allí. La sonrisa se le fue de la cara. Sus ojos se mojaron, brotando una lágrima.
Mi reina, lo siento mucho, dijo mamá apagando la luz del árbol.
Hay otros regalos aquí, mencionó su papá.
María Pía estaba muy triste, no se movió por un rato. Luego, lentamente, se acercó al árbol a coger una caja grande que había allí. Podía ser el pianito que había pedido tanto. Sin ánimos se agachó para coger el regalo. Una suave y pequeña manito salió desde atrás del paquete y tocó la mano de María Pía. Luego asomó una cabecita.

¡Es Mía! Gritó alocadamente María Pía. Cuando ella quiso cogerla, la muñeca algo asustada retrocedió un paso.
Mi hija María Pía y su muñeca Mía
No temas Mía. Ya no te botaré a la calle nunca más, te lo prometo, dijo María Pía.
Entonces Mía corrió feliz donde María Pía. La niña levantó y abrazó fuertemente a su muñeca favorita. Fue el día más feliz para ambas.
María Pía prometió nunca más botar sus muñecas a la basura, sabiendo que por poco perdía a la mejor de todas sus amigas. Asimismo, aprendió a valorar sus juguetes. Ella sabe ahora que muchos niños no tienen con qué jugar.  Tener una muñeca y que sea tu mejor amiga es tu mejor tesoro. Nunca lo olvides.
¡Gracias Señor por ese hermoso milagro de traer a Mía a casa! ¡Gracias Papá Noel!



DEDICATORIA
Dedicado en especial a mi hija María Pía, mi única hija. Nunca olvidaré a Mía, pues yo mismo le di vida para que la disfrutes siempre. Ella permanecerá en nuestros corazones. Cuando quizá leas esta historia y seas mamá, sabrás que fui tu amigo de juegos y de tus sueños. También te darás cuenta que el mundo se puede ver desde su lado simple y sencillo, como lo viste tú cuando fuiste pequeña y volviste a llenar mi mundo de fantasías.




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sábado, 17 de diciembre de 2011

Carta a María Pía

Querida María Pía:

Cada vez me sorprendo más de ti. No puedo negar que en varias ocasiones hasta siento temor, ya que algunas veces das un paso por delante del mío. Es confuso aceptar que debo usar todas mis artimañas psicológicas para contrarrestar las tuyas.  No llegas a los dos años y medio y nos das mucho que pensar. 
Me dejaste perplejo,  en lo último que nos hicieras a tu madre y a mí. Nos pediste que votemos todas tus crayolas, aquellas con las que dibujamos tantos paisajes, payasos, peces, a Lulita y la misma luna. A fin de no sentirte presionada por nuestras amenazas de echarlas a la basura, lo hiciste tu misma,  retándonos con ese tono de voz dominante, manteniendo tu semblante limpio y tranquilo como si estuvieses en misa.
Al día siguiente nos dejaste perplejos, cuando te pedimos que guardaras tus muñecas, giraste y sin ningún reparo dijiste: 
Mamá, ¡vótalas todas!
¿Estás segura María Pía?  Son tus muñecas que juegas siempre, respondió tu mami.
¡Vótalas todas a la basura! Le repetiste a tú madre en tono firme.
¿Estás segura? Se las llevará el basurero, te dije yo impresionado y con ánimos que des tu brazo a torcer.
¡Vótalas mamá! ¡Vótalas! acabaste de decir a mi pesar.
Tu mami empezó a meterlas todas en una bolsa. Yo empecé a entrar en una especie de confusión. Me sentí peor y se me hizo un nudo en la garganta, cuando vi que tu pequeña  muñeca favorita llamada Mía, de trapo y con trenzas de color rosado, estaba allí también, destinada a ir a la basura. Esa muñeca tiene vida para ti, es única y especial.  Jugamos tú y yo todos los días, desde que tenías menos de seis meses de edad. Esa muñeca fue a cada paseo, cada lugar, manejó nuestro auto y te hacía reír muchísimo, como  también renegar, pues te empujaba a cada momento.  También te acompañó a dormir muchas noches.
 Te hablo en pasado, pues tomaste la peor de las decisiones. Le pediste a tu madre que la bote también. A pesar de tu fuerte mirada y terrible decisión, no derramaste una sola lágrima. Yo no sabía qué hacer para que no lo hagas, ya que Mía es parte de mí también. Mía tal como sabes, vive con el basurero ahora.  Tendremos que rezar mucho para que regrese, ya que está muy dolida. No olvides rezar todas las noches a Jesús, para que la devuelva sana y con esa maravillosa sonrisa juguetona.
Te amo mucho hijita y sé que a tu corta edad eres muy hábil, aunque por tu orgullo o rebeldía, no lo sé,  logres tus primeras lecciones de vida.  Hoy ya tienes  una, y muy fuerte, como el despertar  en la madrugada llamando a Mía. Eso me apena. Las lecciones son duras, mi corazón, sin embargo te servirán para ser un poco más tolerante en adelante y no guiarte por tus fuertes impulsos. Eso podría dañarte mucho más que perder tus juguetes.
Debes saber también, que busco la forma de que Mía regrese a casa. La navidad puede ser un buen momento.
Te amo por siempre
Tu papito.
Si deseas saber si Mía regresa a casa, luego de haber vivido con el Sr. Sórdido, Entra aquí

Mi primera obra Lulita la estrella marina, con cariño dedicada a ti María Pía y tantos niños en el mundo. Búscala aquí en Amazon.com



miércoles, 12 de octubre de 2011

No resuelvas todos los problemas de tus hijos

Que tus hijos resuelvan sus propios problemas
Nunca imaginé que una criatura tan pequeña, como mi hija María Pía de tan solo 1 año, me diera una importante lección, acerca de la crianza.
Una noche esperábamos que nos atienda el pediatra. En el pasadizo de la clínica, jugaban otros niños más.  De pronto mi hijita María Pía, coge una silla pequeña y la comienza a empujar de un lado a otro del pasillo a modo de coche. Eso le divertía más que meterse a la casita de juguetes. Los otros padres que esperaban su cita allí, la miraban ir de ida y vuelta.

De pronto, apareció una niña de aproximadamente 7 años, acompañada de su grupo de amigos, le arranchó la silla a mi bebe, y dándole la espalda, empezó a dar órdenes a sus compañeros para jugar.
En ese momento sentí, que todos los padres me miraban como diciendo: ¡Haz algo! ¡Haz justicia por tu bebe! Le han quitado su juguete. Yo no me levanté y seguí observando a mi hija, que miraba fijamente la espalda de la chiquilla.
De repente, la niña puso la silla a un lado, para seguir dando instrucciones a sus amiguitos. María Pía que había permanecido inmóvil observándola, aprovechó su descuido, se acercó muda y le quitó nuevamente el  asiento. La niña y sus amigos, voltearon y se dieron cuenta que se habían quedado sin el asiento. La bebe ya estaba nuevamente jugando con la sillita.
En ese momento, otro padre sentado por allí, le dijo: ¡Oye hijita, pues juega con otra cosa!
María Pía ya estaba al otro lado del pasillo con su premio. A pesar de su incertidumbre, dio el paso, se atrevió, la consiguió.
Muchas veces queremos solucionar todo lo que les sucede a nuestros hijos con su entorno. Dejemos que ellos se las arreglen solos y sepan tomar sus propias decisiones de cómo afrontar sus problemas. María Pía aprovechó un descuido, ganó experiencia, supo dar solución a su problema, fue atrevida.
En adelante no me meto. Permito que ella busque sus propias soluciones, no dejando de corregir por supuesto, cuando la salida no es la más apropiada. No olvidemos que están en su etapa de aprendizaje, de resolver, de saber que pueden hacerlo.