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lunes, 6 de mayo de 2013

1er capítulo Cuento Lulita la estrella marina

Con mucho cariño para el mundo entero. 
Para niños de 6 a 12 años en español e inglés.  

Lulita
¡Qué frío sentí al nacer, en las azules y frías aguas del mar! La vista en los alrededores era maravillosa y algo extraña. Yo estaba rodeada de peces, piedras, cangrejos, erizos y caraco­les. Mis padres estaban muy cerca, siempre contemplándome con una sonrisa; eran jóvenes y apuestos. No dejaban de sonreír cada vez que me miraban, como si yo perteneciera a otro mundo. Pero claro, estaba en mi hogar: los ricos y abundantes mares del Perú.
Llegué al mundo cerca de los arrecifes. El ambiente me parecía muy cordial. “¡Lulita, Lu­lita!”, no dejaban de repetir mis papás, mientras me acariciaban una y otra vez. Se les veía muy felices, tanto que parecían haber perdido el juicio. Los amigos de mis papás entraban a nuestro hogar a visitarme. ¡Era sensacional! 
Cuento Lulita la estrella marina
—Es tan hermosa, pequeña y delicada —escuchaba que le decían a mi madre, mientras la abrazaban.
“¿Será difícil traer al mundo un ser como yo?”, pensaba. “¿Será por eso que la felicitan tan­to?”. Yo era muy hermosa, en verdad.
Mi papá entraba y salía de nuestro hogar, vociferando:
—¡Entren! ¡Entren a la casa! ¡Conozcan lo linda que es mi hijita, Lulita, la estrella!
Por aquellos días pasaba largo rato observando mi cuerpo, que era diferente del de otros seres marinos. No tengo aletas como la mayoría de los habitantes de aquí; mis papás me habían he­cho igual a ellos y a todas las estrellas marinas. Soy pequeña y de un fuerte color anaranjado. Mi áspero cuerpo es algo redondo, con cinco fuertes brazos con pequeños orificios —mis vento­sas— que me sirven para trepar y adherirme a las rocas sin ser arrastrada por la corriente.
Al cabo de unos días, mis papás me llevaron por los alrededores, a trepar rocas grandes y pequeñas rodeadas de arena blanca. Vimos peces de colores, erizos, cangrejos e infinitas va­riedades de seres cuyos nombres apenas logré recordar. Aún no podía moverme bien entre las piedras: eran muy duras para mis delicadas ventosas, que no estaban acostumbradas a superficies tan ásperas e irregulares. A menudo mis padres y sus amigos me contaban peli­grosas aventuras que habían enfrentado con grandes animales que habitan en las cercanías y que podían hacernos daño, por lo que me pedían que no me alejara mucho de ellos.
Una vez, mientras paseábamos, mi papá se distrajo y me escondí velozmente detrás de una piedra. Él comenzó a buscarme desesperado gritando mi nombre. Lo vi tan asustado que salí a su encuentro. Él me abrazó entre sus corpulentos brazos y derramó una lágrima sobre mi rostro. Era extraño, porque sonreía mientras parecía llorar al mismo tiempo.
—Me asusté, hijita, pensé que te habías perdido —me susurró al oído, mientras me apreta­ba contra su cuerpo. Él es tan fuerte que me siento protegida a su lado. Todos por aquí lo respetan muchísimo.
Cuando regresamos, mi mamá nos esperaba con la comida lista, que yo disfrutaba con gran apetito. “¡Qué bueno es tenerlos a mi lado!”, me repetía en todo momento, mientras los veía esmerarse día a día para que yo comiera bien y viviera feliz. Por las noches, mi papá me abrazaba y nos sentábamos juntos en su gran sillón de mármol. Yo aprovechaba para echar una siesta en sus brazos, mientras él me acariciaba. Él es tan imponente como el rey de todas las estrellas marinas, y yo era su princesa.
Alrededor de nuestro hogar hay muchas algas que le dan un aspecto encantador, como unas cortinas, solo que estas salen de las rocas y flotan hacia la superficie del mar. Se mueven len­tamente, como si bailaran al ritmo de las corrientes marinas que pasan por allí. Realmente cautivador.
Por las noches, el mar parece enfriar más, por eso mi habitación está al fondo de nuestra casa, donde hay arena cálida. Cuando me acostaba, daba vueltas en mi cama de concha ma­rina antes de quedarme dormida, entonces mamá entraba a cubrir a Lucero, un pez de esos que tienen luz propia y que alumbraba toda mi habitación. Recuerdo cuando papá conven­ció a Lucero de que se quedara en casa. Le dijo que, si hubiese luz en mi cuarto, yo ya no tendría miedo de dormir sola. Aún no tenía un hermanito que me acompañase. Gracias a Lucero, en mi habitación parecía ser siempre de día.
Cuando crecí un poco más, mis papás salían a menudo fuera de casa, mientras yo jugaba sola sin alejarme demasiado. Iba de un lado a otro, investigando y trepando por las rocas más altas para poder ver todo desde allí. Mi vista no alcanzaba a divisar la inmensidad del mar, tan vasto como el cielo que estaba sobre nosotros. Las aves parecen nadar como los peces, pero a través del aire. ¡Muy peculiar! Los peces les temen, y con razón, porque las gaviotas se lanzan al agua y los atrapan sin remedio.
Algunas estrellas marinas jugaban cerca de casa, pero no me daban importancia; yo tampoco me atreví a acercarme. Creo que tenía algo de temor, quizás era miedo a que se burlasen de mí. “¿Pero de qué?”, me pregunto ahora. Ideas tontas que se me venían a la cabeza. En una ocasión en que estaba sola, una estrella que jugaba cerca me miró y se empezó a reír junto a otras que la acompañaban. No entendí por qué, pero me dejaron una sensación muy distinta de la que sentí el día en que nací. Nadie se había burlado de mí antes. Estuve muy confundida: pensé que tal vez yo no era igual a ellas, o quizás, al crecer, había ido perdiendo mi belleza.
Cuando dejé de ser una niña, mis padres me mandaron a la escuela. Hice algunos amigos. Allí conocí a Orli del Pozo. Lo llamaban así porque vivía en una especie de grieta que hacía honor a su apelativo: realmente de temer. Orli es un pez pintadilla de color plata y anaran­jado. Él conocía muy bien los alrededores y me llevaba de un lugar a otro. Incluso una vez lo acompañé a conocer su casa, pero aquel profundo orificio era el más feo de los lugares.
Sentí miedo y no me atreví a entrar. Él se refugiaba muy bien en la oscuridad, sin compañía. Por algún motivo, sus padres se fueron de casa y él vivía a su entera libertad. Nunca olvidaré que eso parecía hacerlo feliz, aunque en realidad creo que echaba de menos a su familia.
Orli me presentó a otras estrellas marinas: Miguel y Shana. Miguel es muy apuesto; apenas lo conocí me sonrojé. Es como el príncipe de las estrellas marinas. No podía dejar de mi­rarlo, por más que quería evitarlo. Me desesperé tanto al saludarlo, que al decirle mi nombre tartamudeé y me sentí la estrella más tonta del mundo. ¡Qué vergüenza!
Nos hicimos muy amigos, y desde ese momento empezamos a salir juntos todos los días. Después de clases, Miguel y Olri pasaban largo rato jugando con una pelota. Realmente no me interesaba mucho el juego, pero aprendí a patearla una y otra vez con la ilusión de agra­darle. Él, sin embargo, lo único que miraba era su pelota: su mundo parecía ser la pelota y yo me sentía peor que la pelota. Shana, que era la mejor amiga de Miguel, lo conocía muy bien. Yo le preguntaba de todo sobre él, intentando no llamar mucho la atención.
Un día se me ocurrió una idea. Conseguí un par de bellos aretes de perlas de concha marina que mi mamá guardaba para ocasiones muy especiales. Me los coloqué para verme hermo­sa y atraer su curiosidad. Aquella tarde nos juntamos todos, como siempre después de la escuela. Esperé muy nerviosa a que Miguel se diese cuenta de mi cambio, pero él se acercó donde Shana, que estaba sentada a mi lado, y le dijo:
—¿Puedo acompañarte a tu casa?
Ella, sonriente, le respondió:
—¿Por qué no?
Luego se fueron diciendo:
—Chau Lulita.
El alma se me cayó a pedazos por el desconsuelo. Yo parecía no existir para él. Salí corrien­do hacia mi casa, llorando y buscando a mi mamá, pero no la encontré. Para ese entonces mamá y papá acostumbraban dejarme sola más tiempo que antes. Me saqué los aretes de perlas de mis orejas y juré no volvérmelos a poner nunca más. Estuve en mi cuarto largo tiempo, muy triste, preguntándome: “¿Por qué no me mira? ¿Acaso existe algo malo en mí?”.
Aquella noche mis papás llegaron tarde, como siempre. Cuando los saludé e intenté hablar con ellos, me dijeron que estaban cansados. Una vez más no pude contarles lo que me suce­día. Desde aquella noche, empecé a conversar con mi diario y a escribir en él mis tristezas. Estuve mirándome largo rato en el espejo del agua, buscando la falla en mí. “¿Se me verá poco atractiva? ¿O quizás a nadie le importo?”, me repetía.
A partir de entonces, empecé a notar que ya no era importante, valiosa y bella como antes. Empecé a verme, fea y tonta. De pequeña fui el centro de atención, pero ya no era así. No lograba atraer una mirada, ni siquiera la curiosidad de mis padres por saber qué me ocurría. No quería ver a ninguno de mis amigos y busqué aislarme de todos. Conozco una roca cer­ca de mi casa que es mi favorita. Me senté allí largo rato, mirando el cielo nocturno, hasta que recuperé la tranquilidad. A partir de aquella vez, comencé a pasar horas mirando el firmamento, queriendo entender lo que me sucedía.
Observando noche a noche el cielo, descubrí que hay cientos de estrellas celestiales que flotan en el aire. Se parecen mucho a las estrellas marinas, solo que ellas tienen luz propia y son realmente hermosas. Noté también que, a diferencia de nosotras, ellas se mueven sin separarse. Mi vida era distinta, pues mis padres se habían ido alejando de mí. Ellos se despedían cada mañana y se marchaban. Parecía no agradarles dejarme sola, pero de todos modos lo hacían, diciéndome que no podían descuidar sus actividades; luego me repetían que yo era la razón de sus vidas.
Cuento Lulita la estrella marina
Una mañana les pregunté por qué tenían que hacer todos los días lo que no les gustaba. Recuerdo claramente lo que mi mamá respondió:
—Lo siento mucho, Lulita, es la ley de la vida y debemos serle fieles. Sé paciente con no­sotros, hijita.
Yo no entendía quién era la vida ni por qué pone reglas tontas de este tipo.
Noche a noche continué viendo las estrellas del firmamento. Cuando el cielo se llenaba de nubes, noté que las estrellas desaparecían de mi vista, pero cuando el viento soplaba y se las llevaba, seguían allí, siempre juntas. Sin despegar la vista de ellas, pensé: “Si brillara como una estrella celestial, sería hermosa y nadie se alejaría más de mí. ¿Será la única forma de atraer la atención?”. Pero… ¿como lo lograría? ¿Como llegaré a los cielos si no se volar?
Al contarle mi idea a Orli, mencionó que lejos de casa había una enorme roca que parecía tocar los cielos: la Peña de las Morenas. Sabía que era peligroso acercárseles, pues ellas son muy agresivas, pero quizás ocultándome podría llegar a aquella roca y de allí a los cielos. Debía planear bien mi aventura, por lo que continué varios días visitando mi roquita.
Una noche, Shana, Miguel y un amigo más que estaban cerca, me dijeron:
—Lulita, te hemos estado mirando y quisiéramos que nos digas: ¿por qué te pones a obser­var el cielo por las noches? ¿Acaso quieres ser una estrella celestial?
Se rieron todos a la vez, lo que me puso furiosa. Traté de explicarles que mirar el cielo por las noches era emocionante. No lo entendieron y se marcharon burlándose. En ese mo­mento decidí partir; aunque la sola idea de irme por lugares desconocidos me daba mucho temor, aunque era mejor enfrentar a las morenas que quedarme sufriendo.
Solo le comenté mi idea a Orli, pues debía ser un secreto. Averigüé más sobre aquella roca y escuché que solo alguien sin juicio se arriesgaría a ir. Yo haría el intento, de todos modos. “La luna llena que iluminará mi camino vendrá pronto y partiré”, me dije, dándome ánimos.
Al fin llegó la luna de mi aventura, el momento apropiado para emprender mi viaje. Era tarde y mis padres dormían profundamente. Me acerqué y los contemplé, recordando ma­ravillosos momentos. Con la voz quebrada y muy bajita, para no despertarlos, les susurré al oído lo mucho que los amo.

Cuento Lulita la estrella marina

Acaricié suavemente a mi papitos. El cuerpo me temblaba y me invadían las ganas de abrazarlos y besarlos. Tomé aire y limpié mis lágrimas. Sigilosamente salí de allí a emprender mi largo camino al cielo, para dejar de ser una estrella común. Sabía en mi corazón que pronto estaría junto a otras estrellas en el firmamento y obtendría mi luz, para luego regresar a mi casa más bella. Al fin sería importante.

Apenas es el 1er capítulo!!! Te quedarás con las ganas?





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Oscar Prieto Ramírez
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sábado, 16 de febrero de 2013

Mi visita al Castillo de Chancay

¿Se acuerdan que les conté mi relajada visita a Barranca? Pues luego de comer tan rico, pusimos dirección a Lima, con la finalidad de llegar a Chancay.
Frente se hundió la Covadonga
Chancay está en la costa al norte de Lima, camino a Barranca. Allí frente al mar hay un castillo hermoso tipo medieval. Este fue construido en 1925, por encargo de Consuelo Amat, luego de la muerte de su esposo. La construcción duró algo de diez años. Consuelo Amat vivió un tiempo en Europa según leí y eso la influenció para construir semejante castillo.
Eso nos es todo. Frente al castillo de Chancay, allá por el año 1,880, fue interceptada por un torpedo peruano, la goleta chilena Virgen de la Covadonga. El torpedo no es como los de hoy en día. Un peruano acondicionó un bote bomba, lleno de pólvora y otro más que servía de engaño o señuelo. Ambos botes fueron mandados desde la costa rumbo a la goleta chilena. La goleta empezó a dar de cañonazos a ambos botes, derribando el que no tenía nada. El bote torpedo se estrelló en el barco chileno, hundiéndola en 2 minutos.
Vista desde el castillo de Chancay
Por la poca profundidad del mar, quedaron los palos fuera del agua, donde se aferraron cerca de 40 marineros. Tengo entendido que aquel barco fue fabricado por los ingleses, tanto igual que la fragata peruana Amazonas, de mayor envergadura. Leí alguna vez que la fragata peruana Amazonas fue construida con alrededor de 4,000 árboles ingleses. Todo un bosque al fondo del mar. ¡Desperdicio!!! Realmente. De no ser así espero ansioso  vuestros comentarios. No soy historiador.
En el castillo de Chancay ofrecen también un vino borgoña, joven y frutado. Vi que la gente lo consume con gran alegría. En verdad no hay trago que te ponga triste.
Esta vez vi el castillo algo deteriorado. Había partes donde ya no se podía transitar. Recordemos que este castillo representa turismo e historia. No cometamos los mismos errores de atraer al turismo con instalaciones en mal estado. Eso no funciona hoy ni nunca. Pido a Dios se mantenga el castillo de Chancay como se lo merece.
Atardecer en Chancay Perú
Una de las cosas más maravillosas que se ve en el norte de Perú, es que tiene un sunset diferente. Es muy hermoso. Ilumina casi todo el cielo por largo rato.









 
 
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sábado, 28 de julio de 2012

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jueves, 26 de julio de 2012

Mi visita al Colegio María de las Mercedes

Alumnos de 5to grado de primaria
Realmente hay pocos colegios que se interesan por la cultura. He visitado muchos colegios a ofrecerme como escritor, por lo general los de menos paga, a fin de incentivar a los niños a que sí se puede salir adelante, si se puede escribir en Perú buenas obras, que  uno es su propio freno etc. Desafortunadamente, solo los colegios más prestigiosos de Lima, saben qué hacer con un autor. El resto parece apenas saber lo que es un libro de cuentos.
Por tercer año consecutivo, el Colegio María de las Mercedes en Surco, por intermedio de la profesora Sylvia Nuñez y su colega Miss Claudia, ponen mi obra en el plan lector. Los chicos leyeron la obra y yo me presentaría días después a contar mis experiencias como autor, como escribí Lulita mi primera obra, firmar todos los cuentos y todo lo que se les ocurra.
Soy muy afortunado al entrar al colegio y que sea rápidamente reconocido por niños de otras secciones que conocí dos años atrás o un año, como si hubiese estado hace dos meses con ellos. Me rodean, me preguntan de todo, sonríen, piden autógrafos, se toman fotos nuevamente conmigo y me dicen que Lulita es lo mejor que han leído, bueno algunos.
La profesora Sylvia a la que considero una magnífica persona, es muy amiga de los niños. Les sonríe, los respeta y les habla como una madre a sus hijos, sobretodo, da las facilidades de abrir las puertas del colegio a escritores de carne y hueso como yo. Los niños se emocionan de saber que alguien escribe para ellos, no cualquier obra, si no algo que los divierta. Ojalá sucediera eso en otros colegios que siguen leyendo lo mismo de siempre, obras de autores que ya no tienen la suerte de estar entre nosotros.
Ser escritor es genial, tal como una estrella de rock.  Me agrada escribir textos de calidad. Lulita la estrella marina se está convirtiendo según las críticas como un cuento clásico de la literatura infantil, por llegar al adulto con la misma facilidad que llega a un niño. Todos los días me escriben niños por el chat del facebook agradeciéndome la lectura y pidiendo otra obra. Otros para simplemente preguntarme como estoy.
 Seguiré escribiendo por todo lo que me queda de vida. ¡Lo prometo chicos! Ustedes son mi mayor inspiración.
    ¡Gracias Colegio María de las Mercedes! Otra linda experiencia más con ustedes.




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lunes, 2 de julio de 2012

Una lección para María Pía


Luego de haber aprendido de la gran lección que me dio una vez mi padre y el  cual narré en artículo anterior, entra aquí si deseas verlo, no imaginé jamás similar lección me tocaría dársela a mi propia hija María Pía.
Un día, entramos al mercado del Edén en Surco. María Pía en su temprana curiosidad,  se detuvo en una tienda que venden juguetes y empezó a manipular algunas cajas. De pronto una de ellas se cayó al piso. Ella recogió la caja y la puso en su lugar. Yo le dije:
María Pía, debes tener cuidado de no romper un juguete. Pídele disculpas a la señora.
Mi hija, cual exorcista, giró lentamente la cabeza hacia el lado izquierdo y se quedó inmóvil, por más de veinte segundos. Un típico gesto de niño, demostrando que no está de acuerdo con lo que papá le pide o quizá le da mucha vergüenza hacerlo.
Volví a insistir. María Pía, pide disculpa a la señora. Nada. La cabeza se le quedó chueca. ¡Por Dios que niña! Pensé.
¡Última vez! Le advertí con fuerte voz. Nada logré.
La señora me dijo. No se preocupe señor, déjela tranquila.
¿Qué no me preocupe? Le respondí. Me preocupa más de lo que tiene idea. Ella necesita aprender a disculparse. El no hacerlo, le puede cerrar muchas puertas en su vida y arrastrar mucho sufrimiento. Eso debo corregirlo a su temprana edad.
Cogí a María Pía tal saco de papas y me la puse al hombro, con su cara mirando el piso. Salí del mercado y la llevé fuera, al estacionamiento donde estaba el auto. La encerré allí, a pesar de sus súplicas. Volví a entrar al mercado y esperé medio minuto sin que la pueda ver.  Afiné el oído por si gritaba demasiado, pues mi intención tampoco era aterrarla. Luego del tiempo programado regresé al auto y poco antes de la puerta me detuve a mirarla fijamente.
Ella lloraba desconsolada. Abrí la puerta y le pregunté:
¿Pensaste en lo que te pedí? Sí papá, respondió ella llorando.
¿Te disculparás con la señora? ¿Lo harás?
Si papá lo voy a hacer. La saqué del carro y la abracé.  La regresé al puesto de juguetes y la puse delante de la señora:
 Mi hijita desea decirle algo. María Pía entró a la tienda, cosa que no esperaba y se paró delante de la señora.
¡Disculpe señora! dijo maría Pía. No te preocupes reina, respondió sonriente, dándole una caricia en su cabecita.
¿No es más fácil María Pía? ¿No es más fácil? Le reiteré, mientras agachado, la miraba fijamente hacia lo profundo de su mirada
Si papá, respondió ella.
 Las personas esperan una disculpa. Eso es bueno. Ya sabes lo que debes hacer para la próxima vez, terminé de decirle.
La lección está transmitida de mi padre a mí y de mí a mi hijita. Todo es cíclico, todo da vueltas, lo que haces se paga, lo que expulsas regresa, lo que siembra cosechas, a toda acción hay una reacción, la que haces la pagas y que se yo. Hasta los Beatles lo dicen en una canción llamada The End del Abbey Road.
Al final, el amor que tienes, es el amor que hiciste.

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domingo, 24 de junio de 2012

Poema al Domingo


Si tan solo este día perdurara días
Si tan solo este día, fuera eterno, feliz sería.
Cuando acabe este día,
Al desorden regresaría.
Si se acaba este día, a mi familia perderé,
Todos estaremos inmersos en cosas tan vanas,
qué apenas sobreviviré.
Hoy miré las estrellas y el hermoso cielo,
Luna menguante brilla dominguera
Un avión se aleja entre las nubes,
Como mi familia lo hará
Mañana se viene otro lunes
Será difícil esperar
Solo me queda decir
Lunes bienvenido, dame oportunidad
Saldré adelante y tendré prosperidad
Así crearé más domingos en mi vida
Para gozarla en plena libertad.

Dedicado a mi hermana Maryzabel, y a mi mismo.
Oscar Prieto Ramírez
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sábado, 31 de marzo de 2012

¿Perder un día de cuna para ir a la playa?

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La vez pasada Lulu y yo llevamos a María Pía a visitar a la psicóloga del nido. Ella nos comentó entre otras cosas, que uno de los dos o ambos, debíamos sacar de vez en cuando  a la bebe entre horarios de clases “Lo que quiero evitar es que hayan niños institución” dijo ella, en otras palabras niños que se acostumbran mucho a estar en la cuna y ya no desean mucho ir a casa, pues ven muy poco a sus papitos. Si los ven, ellos no tienen tiempo para jugar.
Yo de por sí, pensaba lo mismo. Ya le decía a Lulu siempre, que no le pareciera raro que saque a la bebe a media tarde para estar con ella, apachurrarla, comérmela a besos, comer un helado, pasear etc. También le advertí que habrían días que no la llevaría a la cuna, en vez de eso iría con ella a la playa. Papi y María Pía solos, pues mami trabaja en un empleo.
Así que un soleado jueves, decidí irme. Llamé a un amigo que tiene su hijito de la misma edad que mi hijita y nos fuimos al Silencio. La playa estaba casi vacía. Muchos trabajan.
Llenamos la piscina y metimos a los pequeñuelos allí.  Nosotros nos tomamos unas merecidas chelitas súper heladas con una jalea de pescado y demás.
Pasamos todo un día en la playa, viendo a nuestros hijos felices jugar. Para ellos son momentos memorables e inolvidables pues no hay nada más chévere que estar con papito y mamita. Así está hecha la naturaleza.  Así debe ser. Disfruto coger a mi hija y besuquearla todo lo que pueda, escucharla cantar y enseñarle el mundo a mi manera.
Hoy me doy el tiempo que en el futuro no habrá, pues la naturaleza está hecha así, los hijos se irán tarde o temprano.











Oscar Prieto Ramírez
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jueves, 23 de febrero de 2012

!No ensucies la ciudad por favor!

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El fin de semana pasado, cuando iba a la playa, vi delante de nosotros un carro Toyota Yaris del año, con una familia numerosa dentro. Había de hecho varios niños. Pasamos el peaje y de pronto el chofer, que es el papá, jefe de familia,  echó por su ventana una botella vacía de gaseosa y luego salió otra de la ventana de su esposa.
Me dio mucha vergüenza ajena, pues mi padre siempre me recalcó que cualquier envoltura de fruna, caramelo o lo que sea, me lo guarde en los bolsillos para luego depositarla en un tacho.
Los tachos de basura sirven para eso Sr. Del Toyota Yaris. ¡No tire basura a la calle por favor! Tampoco le falte el respeto a sus hijos, quienes aprenden todo de usted. Quizá su hijo, le esté corrigiendo en ese momento, ojalá fuera así, pues los niños de hoy en día, aprenden a respetar el medio ambiente.
En mi viaje a la selva, recuerdo que en un barco que nos llevaba por el río Marañón, vi como una mujer barría la cubierta para luego votar esos papelitos, tierra y demás al río. Eso lo comen los animales creyendo que es alimento.
Amemos nuestra tierra, nuestra ciudad. No dejemos nuestra basura como nuestras huellas.  Es posible que nuestros hijos sigan aquellas huellas, del poco amor y cariño por el mejo ambiente.
Yo y mi obra Lulita la estrella marina
No seas mano sucia!!!

OBSEQUIO

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martes, 14 de febrero de 2012

Mi primera visita al Colegio Newton College

Les doy la bienvenida a mi blog y les obsequio como regalo el Primer capítulo de mi obra Best Seller Lulita la estrella marina. En la parte superior izquierda llena el formulario con nombre y correo.

Ha pasado un par de años al menos en que hice la publicación de mi primera obra Lulita la estrella marina y fue el colegio Newton College, el primero en invitarme a su Feria del Libro.
Yo estaba algo nervioso por ser mi primera vez. No tenía idea que me preguntarían los niños. Fui a visitar los del cuarto año. Eran como tres o cuatro secciones. Me sudaban las manos. Pasé salón por salón, hablando de la obra, como la hice. Los niños que ni que decir. Ellos me dieron la confianza necesaria de ser yo mismo, gozármela y no ponerme nervioso.



Luego de visitar todos los salones, pasamos a la feria, donde tenía un escritorio acondicionado para mí, con mis cuentos para firmar a cada alumno. Fue allí, donde vendí alrededor de cincuenta obras, lo cual es buenísimo, pues Lulita la estrella marina fue de la más vendida en aquella feria.



Yo y señoritas de secundaria
Salí muy contento de saber que mi obra había pegado. Recuerdo claramente a tres niñas o cuatro, las que tuve el gusto de fotografiar, que eran de tercer grado de primaria y ya se habían enterado por alguna amiga que existía Lulita. Ellas corrían de lado a lado de la feria gritando: !Lulita, Lulita, Lulita! Pensé en ese momento: ´´Cuanta magia parece tener el cuento´´ ¡Qué bueno!
Mi amigo Panchi
Ya he recorrido muchos colegios como escritor y autor, sin embargo nunca olvidaré aquella primera experiencia que dejó una huella en mí y mis pequeños amiguitos.



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lunes, 30 de enero de 2012

Mi viaje a Chaparrí Perú 2da parte

Segunda Parte.
Esto apareció cada mañana en la puerta de mi cuarto
Entrada la noche, fui a comer, acompañado de un amigo francés y una guía. Comí espectacularmente. ¡Qué rico!  El francés es un experto en plantas y árboles. El me da a conocer el tipo de planta come ciertos animales y mucho más. Nos contó aquella noche, que cuando se estaba bañando, miró por la ventana hacia el bosque y se dio cuenta que en la misma ventana, hacia el lado de afuera, bajaba una culebra o serpiente.  En Chaparrí por lo menos existen tres serpientes venenosas de aproximadamente una docena que se conocen. Yo conocí una de ellas rescatada de un circo.
Mientras estábamos sentados en la larga mesa donde conversábamos, la guía me dice: mira detrás de mí. Lo hago y veo una tarántula caminando a menos de dos metros de nosotros. ¡Qué locura!
Me fui a dormir y me levanté con la lluvia. Era la media noche o más. Salí fuera del cuarto a escuchar en medio de la oscuridad, diversos y extraños ruidos. Cerca a mi cara constantemente pasaban volando murciélagos y que se yo.. La verdad no se les ve. A la mañana siguiente pregunté y me dijeron que eran lechuzas y murciélagos.
Osos de anteojos salvados de circos
Entre el ruido de la lluvia, me da la sensación que algo camina, algo vigila. No sabes qué.  Me interné un poco en la maleza, pero nada se logra ver. Termina la lluvia y aparecen hermosas luciérnagas de color azul fosforescente. Dan giros y se apagan. Es un bosque mágico, me dije a mí mismo. Como en aquel entonces estaba acabando mi segunda obra Isabel la pava aliblanca, tomé nota de cada ruido y situación posible, en beneficio de la obra.
Tarántula a un metro de nuestra mesa
Al día siguiente, me reuní en el desayuno con la guía y el francés.  El llevaba tiempo allí, tanto que se enamoró de una piurana. Esa mañana, la guía me llevó por los alrededores a conocer la reserva. Hay osos de anteojos, rescatados de los circos, sin colmillos, a modo que no puedan hacer daño a sus captores. Ese oso no volverá a valerse por sí mismo. Hay venados de cola blanca, pumas, aves de todo tipo y sobre todo la pava aliblanca. Pude conocer a los adultos como las crías. Esta ave fue desaparecida del planeta por cien años. Ahora hay personas que cuidan de ellas como Heinz Plenge y Fernando Angulo. Gracias a ellos la especie se ha salvado, aunque está en peligro crítico aún de desaparecer como otras especies más como el águila solitaria.
Con mi amigo francés Guillerme.
A la hora del almuerzo, salí de mi bungalow y debía caminar alrededor de 20 metros hasta el comedor, pasando un caminito rodeado de la maleza. El francés gritaba: ¡vengan, vengan, miren! Llegamos y vimos la cola de una serpiente oscura y pequeña. Medía lo que mide mi brazo. Esta había caído del techo donde nos sentábamos a conversar e intercambiar ideas. Había atrapado una lagartija y se escondió en los matorrales al pie de la mesa por así decir. ¡De lujo!
Más tarde, bajó una iguana enorme al pie de un árbol a espaldas de nosotros, de más de un metro. También me maravillé viendo como tomaban agua de un recipiente del hotel, varios tipos de colibrí. El más raro es el colibrí cola de espátula que no llegué a ver, pues está en serio peligro de desaparecer.

Chaparí es alucinante en todos los sentidos.  ¡Gracias Paco! Gracias a Heinz Plenge por recibirme y apoyarme y a Fernando Angulo que aportó muchos de sus conocimientos en esta obra que dedico en especial al pueblo de Santa catalina de Chongoyape, por haber donado más de 30,000 hectáreas para la conservación de las especies.
Si deseas leer la primera parte de este viaje entra aquí


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